Lobezno en Badajoz
¿Por dónde anda Lobezno cuando pisa Badajoz?
Entró en Badajoz por el barrio de Santa Marina, siguiendo un olor que no encajaba con nada de alrededor: tinta fresca y cartón mojado, mezclado con gasolina, subiendo desde una alcantarilla cerca de un contenedor volcado. No fue a mirar el contenedor. Fue a mirar de dónde venía el rastro.
El rastro lo llevó calle arriba, hacia La Paz, hasta un solar donde alguien había descargado deprisa una furgoneta y se había ido sin cerrar bien las puertas traseras. En el suelo quedaban dos cajas reventadas y un tercio de un lote esparcido entre cristales rotos: tebeos con las esquinas dobladas, algunos con las páginas sueltas por el golpe. El resto del cargamento no estaba.
Siguió el mismo olor, más débil ahora, hasta la muralla de la Alcazaba, donde se cruzaba con otro rastro distinto: gasolinera, goma quemada, una furgoneta que había frenado en seco y había vuelto a arrancar. No hacía falta seguir más allá para entender que alguien había robado el cargamento pensando que era otra cosa, y que al abrir una caja y encontrar tebeos, lo había abandonado a medio camino sin llevarse nada más.
Volvió sobre sus pasos cargando lo que se podía salvar, ejemplar a ejemplar, doblado bajo el brazo. En la solapa de una de las cajas rotas había un sello de tinta que el golpe no había borrado: Comics Badajoz. Preguntó el camino a un par de vecinos madrugadores y llegó al local con el olor del cartón mojado todavía pegado a la ropa.
El escaparate estaba tapado, sin cartel, pero por debajo de la puerta salía luz. Llamó una vez, seco, y esperó sin acercarse demasiado. Le abrieron dos personas que llevaban la noche entera de pie, y al ver lo que traía bajo el brazo no preguntaron cómo lo había encontrado. Extendieron los ejemplares sobre el mostrador, revisaron cuáles se podían salvar y cuáles no, y le dijeron que con eso recuperaban más de lo que esperaban. No le cobraron nada, ni le pidieron el nombre. Él tampoco lo dio.
Lobezno no necesita preguntar direcciones en Badajoz: le basta con el olor a tinta fresca. Y ese rastro, cada vez, acaba en el mismo sitio.